De Cuchara de Palo a Con Todo Si No, Pa´ Qué

Yaritza Molina, Nayade Honorato, Angelina Font y Javiera Cepeda no se conocen entre sí, pero tienen mucho en común. Todas salieron en plena pandemia a solidarizar con la gente más necesitada de sus comunidades en La Pintana, Quilicura y Puente Alto, donde  crearon ollas comunes que van a cumplir un año de funcionamiento y no tienen atisbos de parar.

Por María Teresa Villafrade

Un retroceso de más de diez años en la participación laboral femenina, estima la Comisión Económica para América Latina y  el Caribe (CEPAL) que es el impacto que ha dejado la pandemia del coronavirus en la región. Y la ONU ha dicho: “A través de todas las esferas, desde la salud hasta la economía, desde la seguridad hasta la protección social, los impactos del COVID-19 son exacerbados en las mujeres y en las niñas, simplemente en virtud de su sexo”.

Una pésima noticia, sobre todo para las mujeres a cargo de familias monoparentales, que se han quedado sin ninguna posibilidad de trabajar. La CEPAL ha señalado que 23 millones de mujeres se sumaron el año pasado a la pobreza debido al desempleo y a la desigualdad de género en el acceso a los servicios. En total, alrededor de 118 millones de mujeres latinoamericanas se encontrarían en situación de pobreza, 23 millones más que en 2019 a no ser que se toman medidas gubernamentales que lleguen a las mujeres.

Chile ha tenido históricamente una baja participación laboral femenina (48,5% versus 71,2% en los hombres) y no cabe duda que esta pandemia ha golpeado de forma mayoritaria el empleo de las mujeres, sobre todo a las más pobresm lo que ha motivado al gobierno a entregar subsidios focalizados en ellas, como el anunciado esta semana para aumentar la empleabilidad femenina. “Protege” entregará 200 mil pesos mensuales de forma directa durante tres meses (y pueden ser hasta 6) a 35 mil mujeres que tienen hijos menores de dos años y no cuentan con derecho a sala cuna garantizado.

Tomando en cuenta esta dura realidad, no sorprende que sean las mujeres las que más buscan alternativas para superar la pobreza y las dificultades frente a la cesantía de ellas y/o de sus parejas. Son los casos de Yaritza Molina, Nayade Honorato, Angelina Font y Javiera Cepeda, quienes no se conocen entre sí, pero comparten el hecho de ser todas líderes en su comunidad al encargarse de sacar adelante ollas sociales para quienes más lo necesitan. Ellas han recibido el apoyo de Acción Solidaria del Hogar de Cristo además del de sus propios vecinos y otras entidades.

Te invitamos a conocer sus historias de empoderamiento en la solidaridad.

“CUCHARA DE PALO”

Así bautizó Yaritza Molina (31), madre de tres hijos de 14, 13 y 11 años, la olla social (ya no se la denomina olla común) que decidió iniciar en abril del 2020 solo por dos días, pero ya van casi 11 meses de funcionamiento.

“Había empezado la pandemia y yo estaba en la casa de una amiga –la madrina de mi hija- haciendo pan amasado cuando le pregunté ¿por qué no hacemos una olla común? y ella me miró asombrada con un ¿qué, pero cómo? Le dije que probáramos esa semana durante dos días para ayudar un poco a la gente y dijo que bueno. Yo puse 10 lucas, ella también, otra puso otras 10 y mi papá, quien en realidad es mi abuelo porque yo no tengo papá, me apoyó con otras 10 más. Al principio éramos 15 personas haciendo la pega, pero ahora quedamos solo la pura familia: mis abuelos, mi mamá, mi cuñada y mi esposo”, cuenta Yaritza, quien es dueña de casa y se dedica a vender artículos por internet.

“Cuchara de Palo” se hace al aire libre, bajo un toldo, en la intersección de las calles El Fundador con La Ermita, en la población El Castillo de La Pintana, donde funcionaron en plena pandemia más de 40 ollas sociales pero hoy van quedando solo ocho.

Cada martes y viernes, la familia de Yaritza prepara 200 raciones las que se reparten principalmente a familias, adultos mayores y personas en situación de calle del sector. “Empezamos a las 9 de la mañana y tipo mediodía empiezan a traernos las ollitas para volver a buscarlas después, la comida se acaba rapidito, a las dos de la tarde ya no queda nada”, agrega.

En pleno invierno, por la lluvia y el frío, se trasladaron a un galpón ubicado en calle Chacabuco con El Fundador. “Cuando tenemos harina les damos igual once, hacemos pan amasado y se lo llevamos a los viejitos. Hemos recibido apoyo del Hogar de Cristo y de los mismos vecinos. La Municipalidad nos ha traído mercadería unas tres veces desde que empezamos, pero gracias a Dios nunca nos ha faltado, nunca, nunca. Fuimos consiguiendo y comprando los fondos, la cocinilla, el balón de gas, todo de a poco. Igual ponemos un tarrito para los que quieran cooperar. Hoy, por ejemplo, sumamos cuatro mil pesos, es muy poco pero es lo que pueden dar”, cuenta.

No hay planificación de un menú semanal porque todo está sujeto “a la suerte de la olla”. “Hoy hicimos pantrucas y el viernes haremos algo pollo porque tenemos varias presas. Después veremos qué haremos la próxima semana”.

-¿Hasta cuándo piensan seguir con la olla social?

-Hasta cuando podamos, nos motiva la gente. Yo no salgo nunca, encerrada en la casa una no se da cuenta de la necesidad que existe, la pobreza, y ahora me doy cuenta por toda la gente que llega, no vienen solo personas en situación de calle sino familias con muchos niños, abuelos, gente como yo que se quedó sin trabajo, adultos mayores como mis abuelos, mujeres como mi mamá, todos ellos nos necesitan, dependen de nosotros.

“CON TODO SI NO PA´QUÉ”

Nayade Honorato (43), mamá de 5 hijos y presidenta de la junta de vecinos en la misma población El Castillo, de La Pintana, trabaja como “colera” en la ,  ropa de la marca Everlast y cuenta que al comenzar la pandemia se preocupó por reunir mercadería para las personas del sector que más lo necesitaban.

“Con mi marido les hacíamos unas bolsitas, pero pronto me di cuenta que mucha gente no tenía nada para comer ni gas para prepararse la comida. Ese mismo día, con mi aporte y el de mis vecinos, me instalé en la calle a preparar tallarines con salsa y ensalada de lechuga con repollo. Al otro día me fui a la cancha e hicimos porotos, pero hacía demasiado frío, entonces pedí que me devolvieran la sede, la limpiamos y nos instalamos allá desde mayo del año pasado”, cuenta.

Ubicada en Avenida Juanita 13743, la olla social “Con todo si no pa´qué” entregaba almuerzos toda la semana hasta hace poco más de un mes en que decidieron reducir a tres días: lunes, martes y viernes. Además, sábado por medio, preparan pan amasado y consomé.

“Pedí ayuda en el Facebook y me empezaron a llegar donaciones. Tengo una amiga que es dirigente social en la muni de Lo Barnechea y me aportaban dentro de lo que podían. En la época más dura de la cuarentena llegamos a preparar 300 raciones diarias, ahora estamos en las 100”, dice.

Su marido quedó cesante recién y le coopera en la cocina, pero tiene dos amigas más. “Éramos cuatro y una entró a trabajar ahora, yo sola no puedo”. Cuenta que cuando salió el 10% de las AFP bajó la cantidad de gente que iba a la olla, pero ahora “volvieron a aparecer”. A ella le preocupan mucho los adultos mayores, los jóvenes y las personas en situación de calle.

“Hoy llegó una mujer de 55 años que la echaron de su casa y me contó que está durmiendo en un auto. Está buscando ayuda para vivir en una casa tutelada, algo así. Hay hombres y mujeres metidos en el vicio, es tremendo. Vamos a seguir con la olla mientras exista necesidad”, afirma tajante.

“LAS 4 TORRES”

Angelina Font (38), casada, un hijo de 7 años, lleva cinco años viviendo en la población Raúl Silva Henríquez, en Quilicura, donde asegura hay mucha gente de escasos recursos. “También hay muchos niños que reciben su alimentación en sus colegios y jardines infantiles y con el cierre de éstos a raíz de la pandemia el año pasado, en sus casas no tenían para comer. Yo trabajo precisamente en un jardín infantil, sé de lo que hablo”, cuenta.

El sobrino de una vecina que trabajaba para Colo-Colo entregando servicio de alimentación, les contó que los jugadores del club estaban aportando recursos para una olla social en Renca para personas en situación de calle. “La vecina quería hacer algo igual acá y me pidió ayuda, le dije que sí porque yo estaba haciendo teletrabajo nada más. Se sumaron más vecinos y vecinas y llegamos a formar un grupo mixto de nueve personas”.

Una vez que se organizaron bien, el sobrino se fue a ayudar en un centro de rehabilitación y Angelina quedó a cargo de la olla social que fue bautizada como “Las 4 Torres” hace muy poco. “Fue idea de la directora del jardín infantil Raúl Silva Henríquez del Hogar de Cristo, Liliana Santander, que me contó del proyecto de Acción Solidaria para apoyar las cocinas comunitarias. Para postular teníamos que tener un nombre y ella me preguntó dónde estábamos funcionando y yo le conté que éramos 4 torres de departamentos de tres pisos cada uno y nueve departamentos por block, entonces sugirió el nombre Las 4 Torres”.

Funcionan en el estacionamiento del block donde ella vive. Al comienzo no tenían siquiera una mesa sino que usaban cajas de bebidas y un mantel. “De a poco empezamos a hacer rifas para comprarnos la cocinilla y los utensilios, Liliana nos donó una olla arrocera grande nueva, el Banco Santander nos compró un toldo y nos apoya con alcohol gel, guantes, mascarillas, delantales”, señala.

Comenzaron dando almuerzo tres veces a la semana: lunes, miércoles y viernes. A través del Municipio de Quilicura, se contactó con ella la asociación de restaurantes “Comida para todos”, que se dedica a ayudar a las ollas comunes y, a la vez, era una forma de permitir a los restaurantes seguir funcionando y no quebrar. “Nos enviaron durante tres meses comida preparada en bolsas herméticas.  Esto comenzó para ayudar a nuestros vecinos pero después se corrió la voz y empezaron a llegar de la Padre Hurtado y de la Paranicota. Cuando nos queda comida se la obsequiamos a agrupaciones que trabajan con gente de la calle como el grupo Cadena de Favores y El Pueblo Ayuda al Pueblo”.

Angelina Font cuenta que están pensando en funcionar solo dos días de la semana, porque se ha notado un repunte en la empleabilidad de los varones principalmente y porque se espera que en marzo los niños vuelvan a sus escuelas y jardines.

“Estamos evaluando la situación, a lo mejor cambiarnos para el fin de semana. De 9 que empezamos, terminamos solo 4, incluido mi marido y dos vecinas más. Estamos cocinando en mi departamento, que es del primer piso, porque el sector es complicado y últimamente escuchamos muchos balazos, entonces no quisimos exponernos en el estacionamiento. De repente pasan autos a toda velocidad, da susto. En la noche, si no suenan fuegos artificiales, son las balas”, señala.

Ella misma no sabe qué va a hacer si le piden volver a trabajar presencialmente. Vive con su papá que tiene 80 años y su mamá. “Hay días que nos acostamos muertas de cansancio, pero hicimos cosas lindas para el Día del Niño, como la campaña del juguete reciclado, y para las Fiestas Patrias hicimos anticuchos y mote con huesillos, no es tanto dar un plato de comida sino ayudar a que los niños se olviden de lo que están viviendo”.

LA OLLA DE PUENTE

Javiera Cepeda (28) es trabajadora social recién titulada y está embarazada y cesante. “Llegué a la olla en octubre pasado y ya llevaba funcionando desde marzo que comenzó la pandemia. Somos parte de la Red Ruta Calle Puente Alto, nosotros recorremos desde la plaza de Puente Alto hasta el hospital Sótero del Río, abarcamos sectores como la Plaza de la Matte, Plaza La Paz, un sector donde antes estaba el Tottus, que ahora no funciona pero vive gente ahí”.

Cuenta que la Red la integran distintas agrupaciones: Justicia para Laura, Motor Revolucionario, Puente Fuerza Callejera, Forestal Social y la Olla de Puente, y cada una tiene asignado días de la semana para trabajar en las cocinas comunitarias. “La Olla Puente está formada por 16 jóvenes estudiantes universitarios en su mayoría, solo hay 4 que somos ya egresados, y cocinamos almuerzo los martes, desayuno y almuerzo, los sábado, y el jueves hacemos ruta calle de noche. El domingo, cada organización debe enviar voluntarios para hacer una comida común. Se cubre toda la semana”, explica.

Hace poco la Universidad Adolfo Ibáñez les aportaba un monto fijo, pero enero y febrero no, porque es por semestre. “En mi casa estamos haciendo las comidas, porque es amplia, tengo harto espacio de patio y una bodega. Hay poca ayuda de los municipios y nos duele que a las personas en situación de calle las pasen desalojando y botando a la basura sus pertenencias, que son cosas que nosotros les conseguimos. Hacen el trabajo más difícil. Tratamos de cubrir todas sus necesidades, si tienen heridas los trasladamos a centros de salud. A veces en la plaza de Puente Alto encontramos a familias migrantes y nosotros ayudamos a todo el que necesita, sin distinción”.

-¿Qué es lo que más te motiva en tu labor solidaria?

-Lo que más me motiva es otorgar dignidad a personas que son invisibles para muchos, en un intento por disminuir la desigualdad -concluye la joven trabajadora social que está cesante pero no inactiva.

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